Historia de Grupo Chilian, el inicio de un gran sueño. part. 2

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Historia de Grupo Chilian, el inicio de un gran sueño. part. 2

Segunda parte…

Los hombres en camisetas negras, que permiten ver su trabajo en el gimnasio y la pasión por los tacos y la cerveza, entran al relicario con paso firme sin percatarse que yo estoy entre ellos. En la oficina de Jorge, el manager de Maná, los de seguridad dejan caer las cajas llenas de playeras, contentos de haber cumplido su trabajo, el pecho de los guardias rebosaba de orgullo. Interrumpo el acto diciendo que son mías, todos voltean a verme extrañados de mi presencia. Con andar tranquilo, relajado, los cabellos chinos castaños, alborotados por el aire de la tarde llega Fer, el vocalista y ALEX el baterista, agarran una prenda la ven, se ven y se dicen entre sí, con peculiar acento y falsete tapatío -saliste bien. ¿Son tuyas? Me preguntaron, te quedaron chidas dijeron, sonrieron y se fueron.

Jorge, el manager, joven dicharachero, rocker -fresa, entusiasmado y bañado con el éxito que tenía su grupo, desapegado, pero al mismo tiempo como buen representante, me pregunta el precio, – $25.00, respondo. Véndela en 30 y me das 5 por cada una. Un excelente negociador con filosofía ganar-ganar me hace dejarle unas en garantía. El cobraría sus regalías y yo tendría exclusividad vendiendo adentro del evento.

Hicimos el acuerdo verbal en ese momento. Contábamos las prendas. Me devoraba la alegría. Respire, deteniendo mis ganas de correr para avisar a mis socios, mis pasos apresurados me llevaban a la salida. En la puerta, con voz quebrada e insulsos de seguro de mí mismo, le digo al que cuida la entrada que voy a salir, que regresaré con más gente. El hombre me ve extrañado y prepotente, voltea y ve a alguien que me ha seguido, del equipo de Jorge, quien asienta con la cabeza, haciendo que el semblante del prepotente se torne en una jeta amigable. Llego a donde mis primos, mi brother y mi esposa aguardaban nerviosos, tristes y desilusionados. Les cuento (me encanta recordar cómo poco a poco se enderezaban sus hombros, recobraba brillo su faz, sus tenis daban brinquitos). Estacionamos la estaquita y caminamos inseguros a la puerta, frente a las miradas de los primeros de la fila. Sigilosamente abre la puerta el ex prepotente, de jeta agradable que al verme con sonrisa servicial nos da el paso, me ve, para que le vaya indicando quien si pasa y quién no.

 El concierto aún no comenzaba, pero la gente estaba tomando sus lugares, la música de fondo entusiasmaba a los ingresantes.

Entramos al relicario, en la plaza, el piso de arena y tierra nos ensuciaba los tenis, el escenario montado en el ruedo y algunas sillas metálicas acomodadas donde se hacen faenas, la gente iba ocupando los asientos de las gradas la tarde empezaba a oscurecer. Ahora a vender, extendíamos nuestras playeras recargadas en la barrera donde el torero se refugia. Me sentía ignorado, los fans de Maná solo entonaban la música de fondo, el concierto ya está retrasado, nosotros haciendo lo posible, pero sin vender nada.

A lo lejos en una de las tribunas de hasta atrás oigo un grito mencionando mi nombre, una y otra vez, intentó buscar quien es, quien me llama, apenas, lo reconozco era Alfredo, un compañero de la prepa que muchos buleaban en aquel entonces, excepto yo. ¡¿Que vendes?! Me pregunta poniéndose la mano a un lado de la boca para que su voz llegue hasta mis oídos, le respondo, me dice dame una, encuentro su talla, hago rollito la playera y se la aviento con mi mejor tino posible atravesando las primeras filas, pasando las miradas divertidas de los fans. ¿Cuánto es? 30 pesos, intercambiamos comunicación a gritos. Saca un billete y se la da a la persona que estaba frente a él, que para estas alturas estaba enterado de cómo eran las cosas sobre todo después de ver volando una playera arriba de su cabeza y un loco gritando detrás. El prudente fan toma el billete y se lo da al de enfrente, a quien le da una explicación. Al menos por seis manos pasó ese billete antes de llegar a las mías. Lo recibí alegremente y busqué el cambio, afortunadamente tenía monedas suficientes para regresarle su “vuelto” a Alfredo. Las monedas corrieron con la misma suerte que el billete; llegaron completas y acariciadas hasta las manos de su dueño. Alfredo se pone la playera y se levanta de su asiento, inmodesto, para enseñarme cómo se le ve.  Para mí lucia como un héroe, con la puesta de sol detrás de él, brillante, con capa y toda la cosa, moviéndose en cámara lenta, su melena agitada por sus movimientos. Con esta escena sui generis se destapó la euforia, ¡oye! ¡oye! ¡¿qué vendes?! ¡yo quiero!,

Los seguidores de la banda levantaban la mano y pedían que les vendiéramos nuestros afortunados productos. Corriendo en la arena buscando tallas y colores en las cajas, Juanito, Pablo Nuye, Mine y yo, como hormigas nos topábamos tratando de darle buen servicio a los parroquianos. Las playeras hechas bolita, revoloteaban las gradas, la morralla subía y bajaba entre las manos de los fans, todos participaban. El concierto no comenzaba, las playeras se acababan, fui por las que Jorge tenía en garantía, le pagué, se acabaron. Salí a comprar a algunos ambulantes, las vendimos todas. Cuando se terminaron nos vimos a los ojos cada uno desde diferente lugar. Exhaustos nuestra sonrisa nos unía

En eso las luces se apagan, la noche nos cubre. Súbitamente, la bataca y la guitarra eléctrica retumba todo el estadio, un resplandor de colores ilumina el escenario, los gritos y aplausos estremecen la plaza de toros.

En primera fila con el regocijo recorriendo nuestra dermis coreábamos los ritmos de la culminación.

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